| LGE:
Lío General en Educación |
|
Mientras que el presupuesto educacional representa,
en el Gobierno de Michelle Bachelet, menos
del 3,5% del PIB, es decir la mitad de la
significación que registraba antes
del golpe de Pinochet, la abrumadora mayoría
del país es partidaria de reconstruir
un sistema público que garantice una
educación gratuita y de calidad en
todos los niveles |
Manuel Riesco, director del Centro de Estudios
Nacionales de Desarrollo Alternativo, CENDA
Junio de 2008
La reforma educacional parece enredada en un lío
sin remedio. El sistema público continúa
bajo el acoso de una minoría privilegiada
cegada por sus prejuicios. Durante la dictadura
lo desmantelaron con saña revanchista.
Amarraron su continuado deterioro mediante la
LOCE. Hoy se aferran a mantener el mismo marco
con otro nombre. Su masivo intento de reemplazarlo
por un mercado educacional impuesto a la fuerza
produjo resultados de baja calidad, alta segregación
y elevado costo para las familias. El sistema
en su conjunto ha entrado en crisis y no puede
continuar como está. La abrumadora mayoría
del país es partidaria de reconstruir un
sistema público que garantice una educación
gratuita y de calidad en todos los niveles. Está
en lo cierto. Esa es la solución más
rápida y eficaz para alcanzar rápidamente
los niveles de calidad y cobertura que han logrado
los líderes mundiales. Así lo hicieron
ellos. Para proyectar el desarrollo nacional,
el sistema educacional público no puede
continuar como rehén de los designios de
esta minoría.
A lo largo buena parte del siglo XX, el Estado
chileno, bajo gobiernos de signos muy diversos
que compartieron una misma estrategia, logró
construir un sistema público de alcance
nacional. En 1973 ofrecía educación
gratuita de reconocida calidad a 30 de cada cien
chilenos de todas las edades, y su presupuesto
alcanzaba al 7% del Producto Interno Bruto (PIB).
Fue el instrumento principal del gran cambio social,
que transformó en ciudadanos a un pueblo
cuya abrumadora mayoría eran inicialmente
campesinos analfabetos.
Pinochet lo desmanteló brutalmente. Expulsaron
profesores y alumnos. Centenares fueron víctimas
de las peores formas de represión. Pusieron
uniformados de rectores. Quemaron libros, prohibieron
asignaturas, cerraron facultades. Expulsaron de
la universidad al Instituto Pedagógico.
Redujeron el presupuesto a la mitad y los sueldos
de los profesores a la tercera parte. En 1982
había menos alumnos que en 1974. Desperdigaron
las universidades por las regiones y los colegios
por los municipios. Intentaron forzar un mercado
educacional, subsidiando a privados al tiempo
que ahogaban los públicos. Pretendieron
eternizarlo mediante la LOCE.
Los gobiernos democráticos cometieron
el error de mantener el esquema. Al mismo tiempo,
hacían esfuerzos importantes por recuperar
los deteriorados niveles de gasto público
y remuneraciones del magisterio.
No lograron impedir el continuado desmantelamiento
del sistema público. Hoy tiene un millón
de alumnos menos que hace treinta años.
En condiciones peores. El magisterio no logra
recuperar su nivel salarial anterior al Golpe.
El presupuesto educacional alcanza a menos del
3,5% del PIB, la mitad de la proporción
de entonces.
Los establecimientos privados se multiplicaron
mientras los públicos se desmantelaban.
Han absorbido a 9 de cada 10 alumnos adicionales
a partir de 1990, y casi la mitad del incremento
del presupuesto. Hoy representan la mitad de los
alumnos y profesores. La mitad del gasto educacional
es desembolsado por las familias. Sin embargo,
la mezcla de establecimientos públicos
deteriorados y privados con fines de lucro ha
resultado de calidad deficiente, onerosa para
las familias y escandalosamente segmentada por
niveles de ingreso y posición social.
Al término de la dictadura, el número
de estudiantes respecto de la población
total se había reducido a 25%, y hoy no
supera el 27%. Es decir, proporcionalmente, hay
menos chilenos estudiando en establecimientos
públicos y privados que antes del Golpe.
Paralelamente, una disminución de la proporción
en edad escolar ha permitido aumentar la cobertura
en todos los niveles, y en el terciario extenderla
a sectores que antes no la tenían. Sin
embargo, el disminuido esfuerzo general ha retrasado
la cobertura de este último nivel. De haberse
mantenido las tasas de crecimiento logradas hasta
1973, Chile habría sobrepasado a Argentina,
que hoy lo supera ampliamente en este aspecto,
y alcanzado a los países líderes,
que exhiben cobertura terciaria completa.
La solución es bastante clara. Consiste
sencillamente en dotar a cada barrio - empezando
por los más pobres - de un colegio público
gratuito de excelencia, donde los vecinos puedan
enviar a sus hijos en la seguridad que serán
muy bien educados. Al mismo tiempo, cada región
debe contar con universidades y otros establecimientos
superiores, públicos y gratuitos, que aseguren
el acceso a este nivel a todos los jóvenes,
y ofrezcan una base sólida y estable a
la investigación científica, innovación
tecnológica y creación intelectual
y artística.
Esto es lo que han construido los países
desarrollados. También aquellos que han
logrado salir del subdesarrollo y se proyectan
como líderes en el siglo que se inicia.
En toda Europa, hasta en los barrios más
modestos y pueblos más pequeños,
se aprecian los magníficos edificios de
colegios y universidades públicas. Más
del 92% de los alumnos estudia en ellos. Una proporción
similar del gasto educacional proviene del presupuesto
fiscal. Algo parecido se verifica en todo el mundo
desarrollado.
Chile puede transitar rápidamente hacia
algo similar. A partir de todo lo construido a
lo largo de un siglo, también lo más
reciente. Un plan nacional de educación
pública puede alcanzar estos objetivos,
contando con las instituciones y recursos correspondientes,
los cuales se encuentran disponibles. Se pueden
establecer organismos que aseguren una administración
moderna del conjunto, con grados adecuados de
centralización y descentralización,
asegurando la participación de todos los
niveles del poder democrático y la comunidad
escolar. Los establecimientos públicos
existentes pueden hacer de cabeza en sus comunas
y regiones, dotados de los recursos presupuestarios
-esa es la forma adecuada de distribuirlos en
el sector público- que permitan transformarlos
en breve tiempo en colegios y universidades de
primera.
El magisterio y académicos son los actores
claves. Han fracasado una y otra vez la serie
de intentos basados en el absurdo de concebir
a colegios y universidades públicas como
empresas privadas y a los docentes como empleados.
En el mundo desarrollado, la base del sistema
es el funcionario público docente y académico,
que tiene aseguradas una carrera profesional de
por vida, remuneraciones y jubilaciones decentes,
y una posición social respetable. En el
marco de un plan nacional de reconstrucción,
magisterio y académicos chilenos van a
apoyar resueltamente los cambios que garanticen
su transformación en un cuerpo estable
y de excelencia.
La reconstrucción del sistema de educación
pública no excluye establecimientos particulares
de excelencia en todos los niveles. Se puede mantener
el actual sistema de subvenciones por alumno,
pero solo para este sector, donde ha demostrado
ser adecuado. Sin embargo, los subsidios deberán
condicionarse a su incorporación al plan
nacional, agregando su oferta a la de los establecimientos
públicos en cada lugar.
Se puede ofrecer a los particulares subvencionados
la opción de transformarse voluntariamente
en establecimientos públicos, si sus respectivas
comunidades optan libremente por esta alternativa.
Esto ha ocurrido en España, por ejemplo,
donde muchos colegios que inicialmente fueron
privados hoy día forman parte del sistema
público.
La participación de la empresa privada
en el sistema puede ampliarse significativamente,
como proveedores de servicios anexos a la educación,
incluyendo locales, mientras la función
docente se reserva al sistema público.
Finalmente, la experiencia de las universidades
particulares con financiamiento estatal del Consejo
de Rectores puede extenderse a otras universidades
privadas, a las cuales por otra parte, se les
puede ofrecer asimismo la opción de incorporarse
al sistema público si sus comunidades optan
por esta alternativa.
La reconstrucción sobre bases como éstas
es perfectamente posible en breve tiempo. Las
mismas se corresponden a las mejores prácticas
de los países desarrollados y a la de Chile
en el siglo XX. Evidentemente resulta el camino
más directo hacia el desarrollo nacional
y la integración social en beneficio de
todos los sectores. ¿Que nos impide abordarla
de inmediato?
El problema principal es que la elite social
y económica chilena continúa presa
de una mentalidad llena de prejuicios contra el
sector público. Se originan en su pasado
latifundista, superado gracias al rol progresista
del Estado, en una transformación que culminó
en forma revolucionaria, y en el cual el sistema
educacional jugó un rol preponderante.
Ello explica su desmantelamiento en niveles que
sólo han experimentado países asolados
por guerras civiles e invasiones.
Dicha actitud se potencia con el lobby de la
industria educacional. La Iglesia suele jugar
un papel no menor. Encuentran oídos dispuestos
en una capa tecnocrática formada bajo la
hegemonía del pensamiento neoliberal, cuya
principal distorsión consiste en la convicción
que los mercados resuelven todos los problemas.
Estas maneras de pensar no van a cambiar pronto,
probablemente no antes de un recambio generacional.
Con tales limitaciones ¿es posible abordar
hoy el gran desafío? Ciertamente. La situación
se parece a los años veinte del siglo pasado,
cuando la oligarquía agraria desde el parlamento
impedía iniciar el camino desarrollista
que se tornaba imperioso. Sin embargo, a poco
andar se establece un nuevo bloque en el poder,
capaz de impulsar la nueva estrategia a lo largo
de varias décadas. Algo parecido va a ocurrir
necesariamente, ciertamente con actores y objetivos
diferentes, adecuados a la realidad social y económica
de hoy.
Ojalá que el cambio se produzca esta vez
sin los estallidos sociales que ocurren de tanto
en tanto. Las trancas del sistema político,
que mantienen a la educación y al país
como rehenes de un sector minoritario, no auguran
nada bueno.
Mientras tanto, seguiremos presenciando el lío
general de educación.
|