Emergencia
educativa y fractura generacional
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| Sería
pobre una educación que se limitase
a dar nociones e informaciones, pero que dejase
a un lado la gran cuestión acerca de
la verdad. El punto más delicado de
la tarea educativa es encontrar un justo equilibrio
entre la libertad y la disciplina. |
Por S. S. Benedicto XVI, Ciudad del Vaticano,
enero 2008.
LA EDUCACIÓN PARECE ser cada vez más
difícil. Por eso, se habla de una gran
"emergencia educativa", debido a que
a menudo nuestros esfuerzos por formar personas
sólidas, capaces de colaborar con los demás
y de dar un sentido a la propia vida terminan
en fracasos. A raíz de la crisis de educación
existe una crisis de confianza en la vida. Es
ésta la dificultad quizá más
profunda para los educadores. Por otra parte,
se habla de una "fractura entre las generaciones",
que ciertamente existe y pesa, pero que es el
efecto, más que la causa, de la falta de
transmisión de certezas y de valores.
Entre los padres y profesores existe la tentación
de renunciar a la educación, y sobre todo
el riesgo de no comprender ni siquiera cuál
es su papel. En realidad, existen una mentalidad
y una forma de cultura que llevan a dudar del
valor de la persona humana, del significado mismo
de la verdad y del bien y, en último término,
de la bondad de la vida.
Frente a todas estas dificultades, que no son
insuperables, ¡no temáis! Los valores
más grandes del pasado no pueden ser simplemente
heredados; debemos hacerlos propios y renovarlos
a través de una decisión personal,
y que a menudo suele ser costosa.
Sin embargo, cuando se tambalean los fundamentos
y faltan las certezas esenciales, aquellos valores
se necesitan de modo urgente. Concretamente, hoy
aumenta la exigencia de una educación que
sea realmente tal. La piden los padres, tantos
profesores, la sociedad en su conjunto, los mismos
chicos y jóvenes, que no quieren que se
les abandone frente a los desafíos de la
vida.
Cualquier educador sabe que para educar tiene
que dar algo de sí mismo, y sólo
así puede ayudar a sus alumnos a superar
egoísmos y a que sean capaces de demostrar
el auténtico amor. Puede ser útil
individualizar algunas exigencias comunes de una
auténtica educación, pero ésta
tiene sobre todo necesidad de aquella cercanía
y de aquella confianza que nacen del amor.
Sería, por tanto, pobre una educación
que se limitase a dar nociones e informaciones,
pero que dejase a un lado la gran cuestión
acerca de la verdad, sobre todo aquella verdad
que puede guiar nuestra vida.
El sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra
vida, y, por tanto, intentar mantener a los jóvenes
lejos de las dificultades y de la experiencia
del dolor los hace crecer, a pesar de las buenas
intenciones, como personas frágiles y poco
generosas.
El punto más delicado de la tarea educativa
es encontrar un justo equilibrio entre la libertad
y la disciplina. La relación educativa
es ante todo el encuentro entre dos libertades,
y la educación lograda es una formación
para el uso correcto de la libertad. Hay que aceptar
el peligro de la libertad, pero con la corrección
de las ideas y decisiones equivocadas, sin apoyar
en los errores o fingir que no los hemos visto
o, aún peor, que los compartimos, como
si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.
La educación no puede prescindir del prestigio
que hace creíble el ejercicio de la autoridad,
que se conquista sobre todo con la coherencia
de la propia vida. Es decisivo el sentido de responsabilidad,
en primer lugar personal, si bien hay una responsabilidad
que todos compartimos.
La orientación general de la sociedad
en que vivimos y la imagen que transmite a través
de los medios de comunicación ejercen un
gran influjo en la formación de las nuevas
generaciones para bien, pero a menudo también
para mal. La sociedad no es, sin embargo, una
abstracción; la formamos nosotros.
La esperanza es el alma de la educación.
Hoy nuestra esperanza se ve amenazada por distintas
partes y corremos el peligro de convertirnos,
como los antiguos paganos, en seres humanos sin
esperanza y sin Dios en este mundo.
En las raíces de la educación hay
una crisis de confianza en la vida. La esperanza
que apunta a Dios no es nunca esperanza sólo
para sí mismo, es siempre esperanza para
los demás: no nos aísla, sino que
nos hace solidarios en el bien, nos estimula a
educarnos recíprocamente en la verdad y
el amor.
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