Muchas
madres, pocas mujeres
|
| Celebración
del Día de la Madre está impregnada
de una cháchara romanticona que muchas
se tragan sin percatarse de que las condena
a una condición subhumana, es decir
a ser personas a medias |
Raúl Gutiérrez V., periodista
VAYA UNO A saber por qué la avalancha
publicitaria con motivo del día de la madre
en nuestro país se basa en la idea de que
la mayoría de las mamás chilenas
son rubias y altas, lo que contrasta con la realidad
de mujeres morenas, patitas cortas y tiradas a
gorditas. Pero la publicidad insiste en hacernos
creer que estamos en Suecia o Dinamarca.
Ello forma parte del esfuerzo sistemático
que despliega el comercio para incrementar sus
ventas, aunque sea a costa de agudizar el elevado
índice de endeudamiento de los chilenos.
Para tal efecto, no vacilan en envilecer un sentimiento
noble, como es el amor a la madre, ensuciándolo
con el materialismo más despiadado y un
pésimo gusto. Recurren, en efecto, a los
más abominables lugares comunes para justificar
un desenfrenado culto a la maternidad que es propio
de una sociedad machista e hipócrita, calificativos
que calzan a la perfección en el caso de
la chilena, aunque tengamos en La Moneda a una
Presidente.
La imagen mítica que se difunde acerca
de la madre no puede menos que provocar estrés
en millones de mujeres de carne y hueso que saben
lo duro que es ejercer este oficio para el cual
es mentira que ellas estén condicionadas
por naturaleza. Si así fuere, no habría
nada que celebrar ni que agradecer, pues las madres
se limitarían a cumplir los dictados de
sus genes, con igual diligencia y semejante mérito
con el que una cuncuna pone sus huevos o una cerda
amamanta a sus lechones.
Por el contrario, criar y educar a los hijos,
sobre todo en una época de cambios vertiginosos
e incertidumbre generalizada, es una tarea agotadora,
que millones de mujeres no saben si están
cumpliendo bien y que suscita intensos conflictos
con los hijos. Todo lo demás es mentira,
un afán patológico de escamotear
la complejidad de las relaciones humanas o de
echarle tierra a las dificultades que entraña
la vida cotidiana.
Cabe lamentar que escuelas y jardines infantiles
se unan a la diarrea de sentimentalismo barato
que impulsan los comerciantes a propósito
del día de la madre, incentivando a niños
y adolescentes a ser borregos de la publicidad,
en abierta contradicción con los postulados
de la reforma educacional. Supuestamente, ella
apunta a promover que los escolares desarrollen
un pensamiento crítico y una postura creativa,
lo que en este caso específico significaría
buscar un diálogo de verdad entre hijos
y madres, en lugar de la confección de
tarjetas que constituyen un atentado contra el
buen gusto y la originalidad.
Es extraño que ni el Ministerio de Educación
ni el aguerrido Colegio de Profesores se hayan
percatado de la carga ideológica reaccionaria
que envuelve esta celebración. De manera
subliminal, sus promotores intentan hacernos creer
que el destino inexorable de la mujer es la maternidad,
al que debe subordinarse toda otra aspiración
femenina. En consecuencia, la mujer está
llamada a ser la reina del hogar, pero una menor
de edad en la sociedad, que debe seguir siendo
manejada por los varones.
Por eso es que las tarjetas que los profesores
hacen pintarrajear a los niños aluden a
la abnegación de la "amita",
que limpia la caca del poto de los niños,
los cuida cuando están enfermos, los amamanta,
les da la comida y le presta abrigo, lava, plancha,
hace el aseo, lleva a los niños a la escuela...
Pero no hay ninguna alusión a la madre
en tanto ciudadana del mundo. Tampoco en cuanto
ser dotado de sexo. No, en este esquema idílico
la madre carece de deseos eróticos, lo
mismo que de vida propia. Tiene que estar siempre
con la sonrisa en los labios, atenta a las necesidades
de la prole. Vive en función de sus hijos
y se realiza a través de los logros de
éstos. Entonces, aparte de cremas, perfumes
y otros potijes, los productos más publicitados
para el día de la madre son aquellos que
subrayan su condición de empleada doméstica:
enceradoras, sartenes, lavadoras.
CAMBIO PROMISORIO
Felizmente, empiezan a surgir algunas voces que
medio en serio, medio en broma, cuestionan este
enfoque reaccionario y mercachifle. En la Revista
Ya, que El Mercurio publica como suplemento los
martes, Inés Colombo, seudónimo
de la periodista Andrea Palet, se atrevió
algún tiempo atrás a escribir, en
vísperas de la celebración:
"Cada año, el día de la madre
transcurre en mi mente en una sucesión
de flores y perfumes y besos y regalos muy finos
a modo de ínfima manifestación del
inconmensurable amor y sobre todo pasmado agradecimiento
que mi familia me profesa, por lo demás
con toda justeza. Pero digamos que no todo ocurre
exactamente como en mi pirética imaginación.
El primer indicio de realidad lo aporta Junior,
que llega del Jungle College con esa infaltable
tarjeta de saludo que recuerdo haber pintarrajeado
en mis propios tiempos de hija, unas que deben
haber mandado a hacer en los años setenta
y que todavía no se les acaban. Hablo de
esas tarjetitas en papel roneo que traen impreso
un poemita horroroso en honor de la madre; no
me acuerdo bien lo que dice, pero podría
jurar que repite varias veces la palabra "abnegación"
y nunca alude a nada que no sea estrictamente
doméstico para retratarla a una.
Poco después llega la Shirley de su jardín
infantil, y adivinen qué trae en su peluda
mochila con forma de tortuga. ¡¡la
misma tarjeta!! ¿Es que no nos merecemos
algo mejor las madres de Chile? ¿Es que
esa siutiquería indómita resistió
la nueva malla curricular con que el país
enfrenta el tercer milenio? "
Aunque es evidente que Inés Colombo no
quiere espantar a sus lectoras, termina cuestionando
la forma en que las mujeres ejercen la maternidad.
El detonante es la lectura que hace del conmovedor
El libro de mi madre, del francés Alberto
Cohen, que dista de ser el texto lacrimógeno
barato que su título insinúa y sí,
en cambio, un aporte a la reflexión adulta
sobre la maternidad.
"Desde la mitad en adelante lloré
sin parar, lloré por mí, por mi
mamá y por todas las madres de la Tierra,
por las histéricas y por las fruncidas,
por las arribistas y por las distraídas,
por las castradoras y por las débiles,
por las solas y por las mal acompañadas,
por las sabias y por las medio estúpidas,
que somos la mayoría, porque todas las
madres aman a sus hijos como pueden, como mejor
les sale; porque los hieren sin querer, porque
los marcan sin remedio, porque les legan sus taras,
y porque pocas tienen la suerte de que sus hijos
las entiendan siquiera un poco. "
¿Así que hay madres castradoras,
que hieren sin querer a sus hijos, y muchas otras
que sufren porque más allá de saludos
protocolares un día del año, se
sienten incapaces de entablar un diálogo
real con sus hijos?
Por aquí nos vamos acercando al mundo
real, ese que el sentimentalismo de baja ralea
con que nos bombardean los medios y sus comentaristas
nos impide ver.
OFICIO DIFÍCIL
Admitir que el ejercicio de la maternidad es arduo
y está sujeto a errores a menudo irreparables
puede ser causa de alivio para muchas mujeres
que se sienten presionadas a ser perfectas y que
tienen la lucidez suficiente para percatarse de
que están muy lejos del ideal que les presenta
la maquinaria publicitaria.
Esa toma de conciencia puede ayudar a las mujeres
a revisar conductas aprendidas desde la más
tierna infancia y reforzadas en las aulas y que,
por desgracia, profesores ineptos o burocráticos,
son incapaces siquiera de percibir.
El machismo constituye sin duda una de las taras
que aun sin darse cuenta transmiten con celosa
fidelidad las madres de una generación
a otra de varones y niñas. Si hay tantos
hombres que golpean a sus mujeres es simplemente
porque sus madres no les enseñaron a respetar
a la compañera. Peor aún, sin percatarse,
les enseñaron a despreciar a toda otra
mujer.
"Madre hay una sola y a ti te encontré
en la calle" proclama el tango con elocuencia.
En el empeño por convencer al hijo de que
el amor de madre es el único grande e incondicional,
la mujer ignora que está minusvalorando
el amor que otras mujeres dispensan a su hijo.
Sin percatarse, lo está atando psicológicamente
de por vida, en lugar de dejarlo ir para que vuele
con alas propias.
Por desgracia, cientos de miles de chilenas se
debaten en un nivel de vida e intelectual tan
precario, que probablemente sientan alguna alegría
al recibir una tarjeta de mal gusto o un beso
medio forzado. Pero hay otro segmento cada vez
mayor que, sin perjuicio de acoger con agrado
muestras de reconocimiento, aspiraría a
que se las tomara en serio, como adultas que son,
con sus dudas y necesidades de apoyo y orientación
para que ejercicio de la maternidad no se haga
a costa de su desarrollo como personas.
|