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Educación pública: anotaciones en su libro de vida

Baja subvención, exceso de alumnos por curso, nula disciplina, escuálidos salarios y mala formación de los profes, alimentan una crisis profunda que el país recién empieza a asumir.

Jaime Tramon C, profesor – Valparaíso (14/08/06)

LA EDUCACIÓN CHILENA se halla sumida en una profunda crisis porque la propia sociedad descuidó su importancia. La causa fundamental de esta situación radica en el mezquino aporte que el Estado hace por alumno, lo que ha conducido a un progresivo deterioro de la calidad de la educación.

Mientras la mayoría de los países desarrollados mantiene cursos de 20 a 25 alumnos, en Chile es común ver cursos de hasta 47 niños o jóvenes, especialmente en la educación particular subvencionada y municipal. Si no se reduce esta carga, lo demás es mera charlatanería.

SUELDOS QUE NO ATRAEN A LOS MEJORES

Se maneja la falacia de que los profesores están bien remunerados y que ganan lo mismo que otros profesionales. La persistencia de esta mentira constituye una de las razones principales de la creciente escasez de recursos humanos calificados en el área de la educación. Si los maestros estuvieran bien remunerados no habría déficit de profesores de matemáticas y ciencias (biología, química, física) e inglés. La explicación es que la mayoría de estos profesionales, a poco de egresar de sus universidades, se dan cuenta de que sus conocimientos son más valorados en otras áreas y por tanto abandonan la docencia.

Uno de los aspectos básicos que muy pocos consideran a la hora de evaluar la educación chilena es el tema de cuánto ganan efectivamente los profesores por cada hora de clase realizada en el aula. Es bueno señalarlo con absoluta precisión: cada vez que realiza una clase de 45 minutos, el docente percibe la suma de $ 1.823; y si se le descuenta la previsión y salud (20% aproximadamente), el monto queda en $ 1.458.

Esto es un tema que pocas veces o más bien casi nunca se menciona, e incluso se presta para confusiones. Me explico: el sueldo base mínimo nacional para los docentes asciende a la suma de $ 427.768 por un total de 44 horas semanales. Como por lo general un mes tiene 4 semanas, el docente por cada semana percibe $ 106.942, lo que dividido por 44 horas semanales nos da la suma de $ 2.430,5 por hora cronológica. Eso es lo que gana el profesor por cada hora de clase, incluidos recreos u horas de colaboración, es decir tiempo dedicado al reforzamientos, talleres, etc, las que se obtienen del tiempo remanente que le queda de los 15 minutos sobrantes de la hora cronológica de clases, pues recordemos que la hora pedagógica es de 45 minutos, por los cuales recibe la suma de $ 1.458.

Con esta motivación de ingresos, ¿es factible que los mejores talentos nacionales deriven vocacionalmente a la pedagogía? La respuesta es obvia y explica el bajo nivel de resultados obtenidos por los docentes en términos generales en la educación chilena. Si efectivamente se quiere mejorar el sector resulta indispensable generar políticas para que los mejores talentos de nuestra juventud deriven al área educacional. A esto hay que agregar que el nivel académico de los profesores recientemente titulados es deplorable, al punto que muchos de ellos tienen serios problemas de expresión y escaso vocabulario.

UNIVERSIDADES DEFICIENTES Y EVALUACIONES BUROCRATICAS

Cabe preguntarse también cuál es la cuota de responsabilidad de las universidades en esta situación. ¿Están entregando la mejor formación académica? ¿Las nuevas teorías pedagógicas efectivamente se compadecen con la realidad de la educación o son meras elucubraciones sin fundamento, destinadas sólo a divagar, en vez de efectivamente filosofar?

¿Puede un niño de primero básico aprender a aprender? Parecería que se está exagerando en la aplicación de metodologías que de nada le sirven a los estudiantes, si antes no se les entregan herramientas básicas que estimulen efectivamente su desarrollo intelectual. ¿No será necesario entregar conocimientos mínimos antes de experimentar con el tan de moda contructivismo?, ¿o es que Piagget quedó obsoleto porque la humanidad llegó a un nuevo estado de mágica evolución?

Los profesores deben ser evaluados, pero de acuerdo a herramientas que tengan que ver efectivamente con sus resultados académicos y no con montajes o farsas destinadas a la publicidad. Los mejores evaluadores son sin duda los directivos docentes y los pares de su propio establecimiento, y no burócratas que jamás han pisado una sala de clases.

En el área municipal, la situación se ve agravada por la inamovilidad dispuesta por el Estatuto Docente. Por ello la mayoría de los docentes municipales son personas de edad madura, cuyas edades fluctúan en promedio en torno a los 55 años. Por su edad y la carencia de incentivos, exceso de alumnos por curso y estrés laboral, estos profesores exhiben un alto índice de licencias medicas y en muchos casos nunca han usado herramientas multimediales (retro proyector, proyector de diapositivas, computador, etc.).

En otras palabras, la mayoría de los docentes se abstiene de utilizar la tecnología como apoyo a su labor e insiste en aplicar técnicas de enseñanza del siglo XX. A eso hay que agregar el nulo aporte que prestan las familias a los niños; cada vez que los padres son compelidos a prestar mayor apoyo a la educación de sus hijos, eluden la responsabilidad, restándole autoridad o desautorizando al docente, con lo cual la imagen de respeto del profesor está cada día más deteriorada. El resultado está a la vista.

DEMOLICIÓN DE LA DISCIPLINA, PROFESORES REVENTADOS

Muchos de los actos de violencia escolar encuentran sus origen en el abandono de los niños, producto de que ambos padres trabajan jornadas extenuantes. Sucede también que expiar su sentimiento de culpa frente al hijo, el padre no encuentra nada mejor que respaldarlo en desmedro del docente quitándole. Es mejor ni mencionar, que la disciplina al interior de los colegios está cada vez más resquebrajada, producto de la sistemática intervención del Ministerio de Educación, que frente a la aplicación de medidas ejemplificadoras interviene y reinstala en el establecimiento al alumno infractor. De esta forma, el violentista se siente amparado por el Ministerio y el profesor queda indefenso frente al alumno agresivo. Y mejor ni hablar acerca de cómo queda la imagen de la autoridad al interior del colegio. El que los jóvenes aprendan a quedar impunes frente a las faltas, es sin duda un factor psicológico, que posteriormente se traduce en delincuencia.

Tampoco hay que olvidar el factor económico: ¿que motivación para superarse en los estudios puede encontrar un joven cuyo padre se ubica entre los 600.000 cesantes que hay en nuestro país?

Otro factor que incide en la calidad de la enseñanza es la nula entrega de recursos a favor de la infraestructura pedagógica. De los aproximadamente $32.000 de la subvención mensual por alumno debiera destinarse un porcentaje siquiera mínimo a la adquisición de mapas, implementos de laboratorio, computadores, libros para la biblioteca, implementos deportivos, etc. Así se evitaría que las corporaciones municipales destinen esos fondos a otras cosas y los sostenedores privados, simplemente se lo echen al bolsillo.

Al respecto, es evidente que hace falta una mayor supervisión por parte de la Contraloría a fin de verificar que los recursos fiscales canalizados en la forma de subvenciones, efectivamente se invierta en los niños. De hacer esto, los fiscalizadores se llevarían más de una sorpresa.

En relación a los profesores cuyas edades superen los 55 años, me parece prudente establecer una ley que destine a esos docentes a funciones complementarias al proceso educativo, por ejemplo talleres de reforzamiento a los alumnos con mayores problemas de aprendizaje, talleres que no deben superar el número de 15 alumnos para ser óptimos. Otros docentes debieran quedar a cargo de las bibliotecas escolares, las cuales, por lo general, pasan cerradas ante la carencia de personal; en algunos casos (colegios particulares subvencionados) están a cargo de secretarias, quienes las abren por breves lapsos, justo cuando los alumnos se encuentra en clases. Obviamente, de esta forma no se incentiva el hábito de la lectura, como lo haría un docente o un bibliotecólogo. Otros de estos profesores mayores podría dedicarse a la atención de apoderados y tutorías en los casos de alumnos cuyos padres manifiestan cero colaboración con el colegio. Otra función práctica para esos docentes es la de coordinadores de los laboratorios de computación y ciencias, para así mantener permanentemente abiertas dichas dependencias a los alumnos, aparte de inspectores.

Por último, cabe señalar que numerosas municipalidades carecen de recursos para proceder jubilar dignamente a sus docentes que ya han llegado a la edad de retiro, por lo que muchos de ellos deben esperar resignadamente la muerte en las aulas.

En realidad son tantos los factores, que difícilmente pueden ser dimensionados por abogados, economistas o sociólogos que jamás han pisado una sala de clases, salvo cuando fueron alumnos de algún colegio top.

 



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