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Otros aspectos a considerar

En la vapuleada educación actual, existen varios factores para tomar en cuenta al momento de re-pensar el sistema.

Por Ricardo Villalobos Rojas, director Escuela España

Hace algún tiempo, llegó a mi mail un mensaje que contenía una comparación entre nuestra vida de niños y adolescentes y la actual forma de vivir; se titulaba “¿Cómo ##%%&& logramos sobrevivir? ¿Si no acudíamos por cualquier cosa a psicólogos, neurólogos, si no había grupos diferenciales, ni salas de computación o conexión a internet? ¿Si además jamás se nos ocurrió contradecir a nuestro profesor y si emitíamos algún comentario en su contra en la casa, nuestros padres se encargaban de apoyar incondicionalmente al maestro, que además, no estaba presionado por la evaluación docente, Simce o la administración corporativa de turno? ¿Qué sucedió? ¿Qué fenómeno pudo producir este rompimiento tan grande entre escuela y hogar, entre profesor y alumno, entre educere y aprendiz?

Surgen entonces opiniones y teorías desde todos los ámbitos teóricos, estudiosos (otros no tan estudiosos), críticos, opinólogos, incluyendo la farándula nacional, los políticos y los apolíticos, etc., quienes entregan  “profundas” visiones respecto a este “Problema de la Educación en Chile”.   Por cierto, algo ocurrió, o mejor dicho, un conjunto de hechos han conformado esta vapuleada actual educación chilena.

Si entendemos la educación como un proceso, podremos consensuar que un solo factor no podría ser causante por sí solo del efecto, y que menos puede centrarse exclusivamente en el docente.

Indudablemente, el factor económico ha influido con fuerza y no me refiero solamente a los magros salarios de los docentes, que por cierto han mejorado; me refiero principalmente a la prevalencia de este factor por sobre otros factores que participan y dan sentido al proceso. Todo queda supeditado a factores económicos, a causa del modelo “neoliberal” como le llaman algunos.

Desde lo macro, las familias supeditan el tener por sobre la necesidad de ser familia y asumir íntegramente las responsabilidades que les competen. Las familias entregan o derivan su rol formador a las escuelas y son a la vez sus principales críticos, ajenos al espíritu de colaboración que antes primaba. Don Alejandro Reyes, director de la escuela O’Higgins de Viña del Mar, señalaba en una oportunidad que “ahora las casas son más grandes, pero con familias más chicas. Tenemos más personas a nuestro alrededor, pero nos sentimos más solos; se prioriza el tener y no el ser, hay mayores  adelantos, pero igual sentimos que tenemos mayores necesidades...”.

La sociedad en general prioriza factores asociados a lo económico: el “rating” en la televisión, por ejemplo; lo que vende, el éxito, la fortuna, la suerte; no lo educativo, no lo formativo, no a la obtención de algo por la vía del esfuerzo. Sí a lo fácil, a lo desechable, a lo intrascendente.

En educación igualmente se han introducido fuertemente estos conceptos. Las escuelas deben autofinanciarse. Mientras menos gaste, mejor; las escuelas municipales deben vivir y sobrevivir con los aportes fiscales, llamados “subvención”, y si no logran resultados óptimos son catalogadas como focalizadas, escuelas críticas, en riesgo, P-900, etc., etc., etc. En contraposición surgen como mala hierba establecimientos subvencionados particulares, publicitando bienes propios de la Isla de la Fantasía, léase piscinas, jacuzzi, sauna, gimnasio techado, viajes, posibilitando además el cobro de importantes cuotas mensuales en dinero por financiamiento compartido.

Las escuelas, la familia, la sociedad, ha olvidado que la función primordial de todo establecimiento es lograr aprendizajes de calidad. Pero, ¿sólo académicos? ¿Qué pasa con la formación integral? Y los valores, ¿es importante el tipo de ciudadano que se forma? ¿Quién evalúa estos aspectos? ¿Qué tipo de personas estamos formando? ¿A alguien le interesa realmente este campo?

Indudablemente, la vuelta al Mineduc es impensable e inviable, pero se requiere una reorientación estatal respecto a sus prioridades y sus tareas, como el fortalecimiento de la subvención estatal a los establecimientos municipalizados que atienden a los sectores poblacionales más vulnerables. No es posible pensar que se puede obtener igualdad de resultados entre colegios que funcionan sólo con aporte del Estado y otros subvencionados que doblan el aporte estatal con el financiamiento obtenido de las familias. Esto, sin considerar diferencias de alimentación, entorno cultural, medios educativos, etc.

También se requiere dar consistencia y coherencia a los procesos y no estar supeditados a cambios reiterados e inconexos, que resultan de los vaivenes  de los resultados electorales municipales. Viña del Mar es un ejemplo de ello: las actuales autoridades de la Corporación viñamarina no consideraron ninguno de los aspectos positivos trabajados por las autoridades anteriores, mientras que la Corporación de Valparaíso es reflejo de que la permanencia de una orientación determinada en el tiempo redunda en mejores resultados.

La actual situación económica  de la Corporación porteña no tiene que ver con la calidad de sus administraciones: es resultante de un sistema de subvención que asfixia paulatinamente a comunas que no cuentan con grandes aportes extras y sobreviven con los aportes estatales.


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