Embarazadas
de uniforme
|
| Unas
11 mil liceanas están en vías de convertirse
en madres, a una edad que en otra época no habría
llamado la atención, pero ahora revela fallas en
el indispensable diálogo entre jóvenes y
adultos |
LA DENUNCIA ACERCA de un alto número de embarazadas
en un liceo porteño dejó en muchos
la impresión de que los liceos municipalizados
no sólo proporcionan una educación
deficiente desde el punto de vista académico,
sino que también, de alguna manera, generan
un clima propicio a la promiscuidad o irresponsabilidad
sexual. Consecuencia de este ambiente sería
el alto número de adolescentes que se embarazan.
No cabe duda de que la existencia de decenas de
niñas en vías de convertirse en madres
constituye motivo de preocupación, pero un
análisis racional y objetivo del tema obliga
a situar este dato en su contexto.
Lo primero que habría que decir es que el problema
que afecta al Liceo FemeninoTécnico A-24, de calle
Independencia, en Valparaíso, no configura una situación
muy distinta de la que se da a escala nacional. En efecto,
alrededor de 11.000 chilenas matriculadas en la educación
media se encuentran embarazadas, lo que dentro del total de
alumnas de ese segmento representa un porcentaje no muy distinto
al que se registra en el mencionado establecimiento porteño.
En segundo lugar, esta situación es atribuible en
importante medida a la decisión “pro-vida”
que ha asumido el actual Gobierno, en orden a procurar la
mantención de las embarazadas en el sistema escolar,
evitando de partida toda culpabilización que induzca
a la afectada a pensar en el aborto como vía de solución
a su problema. Se pretende asimismo evitar toda incriminación
injusta, pues, de partida, detrás de una niña
embarazada hay alguien que contribuyó a que ella quedara
en esa situación, y que por lo general pasa inadvertido.
En tercer lugar, un embarazo adolescente deja de manifiesto
el fracaso de una serie de instituciones e instancias, sin
que ello signifique disminuir la responsabilidad que le cabe
a una menor que, a los 14, 15 ó 16 años, sabe
ya bastante bien lo que hace ... o debiera saberlo.
El liceo es apenas una de las instancias que intervienen
en la formación valórica o en la entrega de
antecedentes que son fundamentales en el desempeño
amoroso o sexual de los jóvenes. Mucho mayor gravitación
tienen o debieran tener, de partida, en primer lugar, sus
padres y familiares, que son quienes deben proporcionar a
los niños y adolescentes valores religiosos o éticos
que no pueden menos que influir en la conducta seximental
de los muchachos de ambos sexos.
Por otro lado, es evidente la enorme y creciente gravitación
que tiene en la conducta de las personas (adultos, niños
y jóvenes) una refinada maquinaria publicitaria que
explota de manera implacable e irresponsable la sexualidad,
lo que influye en especial sobre jóvenes que están
despertando a esta actividad. A ello se suma el influjo incontrarrestable
de la televisión, que sistemáticamente utiliza
la explotación de la líbido como un elemento
para conseguir rating para muchos programas que de otra manera
pasarían sin pena ni gloria. Está también
la internet, que junto con un mar de información y
posibilidades para el desarrollo intelectual de los jóvenes,
ofrece una variedad infinita de alternativas de pornografía
y prostitución.
No puede dejar de mencionarse la precaria situación
socioeconómica en que viven importantes sectores de
la población. La destrucción de la familia se
suma en muchos casos a la estrechez económica y se
traduce en un clima hogareño poco propicio a la demostración
de afectos, lo que conduce con facilidad a que los muchachos
y niñas busquen cariño en otras partes y utilicen
su sexualidad como un sucedáneo, a menudo desesperado
del afecto que los adultos les niegan.
Por lo tanto, hay una constelación de factores que
influyen en la prevalencia de la maternidad y paternidad de
adolescentes.
INFORMACIÓN Y FORMACIÓN INSUFICIENTES
Adicionalmente, por motivos que a menudo revisten carácter
valórico o se disfrazan de tales, existe renuencia
en diversas instancias para abordar sin tapujos con los jóvenes
la temática sexual y afectiva. Cuando los jóvenes
se percatan de que la información que se les entrega
es incompleta o se escamotean algunos aspectos, se corta la
comunicación entre ellos y los adultos que debieran
conducirles y orientarles. No sólo entregarle datos
o métodos o instruirlos en el uso de determinados adminículos.
El deterioro de la comunicación intergeneracional
es entonces uno de los causantes de que en definitiva se detecte
tanta ignorancia en algunos aspectos, mecánicos u operacionales
de la sexualidad. Así, parece increíble que
a comienzos del siglo XXI y en una sociedad que se presume
tan informada y conectada, donde existe un desarrollo espectacular
de las comunicaciones y la información está
disponible por doquier, haya tantos jóvenes y niñas
que ignoren las formas de evitar el embarazo, si es que deciden
llevar adelante una vida sexual propia de adultos.
La cantidad de mitos y el volumen de la ignorancia resultan
sorprendentes a la luz de cualquier encuesta sobre
la materia. Obviamente, la entrega de información
dura o de datos simplemente estadísticos
o de procedimientos mecánicos resulta insuficiente
para situar la conducta sexual en un contexto
humano. Con frecuencia, el suministro de información
sexual se queda en eso, ignorando los aspectos
psicológicos, culturales, valóricos
que están envueltos, con lo cual se hace
también por completo insuficiente para
jóvenes, que más allá de
sus arrestos y actitudes desafiantes se sienten
muy vulnerables e indefensos frente a la vida,
con sus misterios y desafíos.
De otro lado, preciso es señalar que la adolescencia
constituye un invento que tiene a lo sumo un siglo. Por centurias
y milenios el niño pasaba repentinamente a la condición
de adulto, y otro tanto ocurría con la mujer, a eso
de los 12 a 14 años. En muchas tribus y pueblos primitivos,
lo que no quiere decir que fueren bárbaros, se llevaban
a cabo ritos que marcaban este tránsito de la infancia
y niñez a la edad adulta, que iba de la mano de la
maduración sexual. Hasta bien avanzado el siglo XX,
incluso en nuestras sociedades, los jóvenes se casaban
apenas llegaba la pubertad y eran frecuente las madres a los
12, 14 ó 15 años; incluso el Código Civil
permitía el matrimonio a esa edad, sin perjuicio de
exigir la autorización de los padres.
De manera que el hecho de que jóvenes a los 14, 16
años lleven actividad sexual, la cual se traduzca en
embarazos, no constituye desde el punto de vista histórico
una novedad demasiado grande. Lo que hace la diferencia, es
el hecho de que la existencia humana se ha prolongado sustancialmente;
y si por siglos muchas mujeres morían a los 18, 20
ó 25 años, en el tercero, quinto u octavo embarazo,
hoy en día la esperanza de vida de ellas en Chile ya
bordea los 80 años.
La adolescencia, entretanto, no cesa de prolongarse. Por
un lado se anticipa, pues he sabido que ya muchas niñas
experimentan su primera menstruación a los 11, e incluso
10 años, mucho antes de lo que ocurría hace
algunas décadas. Por otro lado, la capacidad de auto
sustentarse de la mayoría de los jóvenes se
va postergando para después de los 18 y en numerosos
casos después de los 20 y hasta los 25 o 30 años.
Es decir, la adolescencia está durando entre 3, 5,
10 o más años que hasta hace poco, si entendemos
como tal el período que va desde la maduración
sexual, es decir, el momento en que el hombre puede engendrar
y la mujer concebir, y el momento en que la persona está
en condiciones de mantenerse por sí misma y ser responsable
en plenitud. En buena medida ello obedece a que la duración
del período educacional se ha ido extendiendo, ante
la creciente complejidad del mundo moderno.
OPCION PRÓVIDA EXIGE CAMBIO EN REGIMEN DE SUBVENCIONES
Finalmente, para situar las cosas en su lugar, puede decirse
que hasta hace algún tiempo el fenómeno era
ocultado, ya que las alumnas embarazadas eran discretamente
o a veces con escándalo y escarnio, expulsadas o marginadas
de los liceos, por lo cual se daba una inequívoca,
aunque disimulada señal en favor del aborto. Política
que seguramente excluye o margina, llevada consigo un claro
estímulo a favor del aborto, fenómeno trágico
que protagonizan miles de adolescentes en Chile, anualmente.
Al excluirlas o marginarlas con escarnio o discretamente,
el problema pasaba inadvertido, pero no por eso desaparecía.
Excluir a una joven de la educación media, cerrarle
las puertas para mejorar, aunque sea precariamente su calificación
educacional, constituye un brutal desatino, ya que diversas
investigaciones comprueban que el grado de instrucción
de las mujeres representa un factor crucial en las posibilidades
de supervivencia y desarrollo del hijo. Madres analfabetas
o con escasa educación producen “hijos con mayores
posibilidades de desnutrición o menores posibilidades
de desarrollo intelectual y emotivo”. En consecuencia,
esa marginación, tan común en otra época,
y que se sigue practicando por parte de establecimientos celosos
de su prestigio significa castigar a seres absolutamente indefensos,
cercenando su potencial humano en los primeros años
de su existencia.
La opción pro-vida que ha adoptado el actual Gobierno
debiera sí complementarse con una modificación
del tratamiento que se da a las inasistencias a clases por
parte de alumnas embarazadas. Es comprensible que por motivos
de salud estas muchachas incurran en un porcentaje de inasistencia
superior al del resto de sus compañeros.
Ahora bien, el sistema de pago de asignación considera
la asistencia diaria; por lo tanto, el liceo que en cumplimiento
de las normas dispuestas por el Ministerio de Educación,
y como forma de compromiso y manifestación del respeto
que su profesorado siente por la vida humana, mantiene a estas
niñas en los establecimientos y les brinda acogida
humana y emocional, sufre a menudo el castigo de ver resentidos
sus ingresos a causa de las inasistencias de estas embarazadas.
Hay aquí pues, una inconsistencia evidente que urge
remediar porque en caso contrario el discurso en favor de
la vida se queda puramente en las palabras.
|