Cada
vez más gordos, fumadores y drogodependientes
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| El
incremento de la obesidad y de la adicción al tabaco,
al alcohol y las drogas entre nuestros escolares no anticipa
nada bueno. |
Por Raúl Gutiérrez V, periodista.
(11/05)
AUNQUE LOS EXPERTOS entonan alabanzas ante el buen pie en
que se encuentra la economía chilena, hay otros aspectos
de la realidad nacional que suscitan inquietud. Uno de ellos
tiene que ver con la creciente farandulización y banalización
de las masas, para lo cual basta prender durante algún
rato la tele, la misma que constituye el PRINCIPAL alimento
intelectual y de orientación al que tienen acceso las
grandes mayorías. Otro, bastante manido, se relaciona
con la mala calidad de la enseñanza que reciben los
niños que provienen de hogares modestos, vale decir
la abrumadora mayoría del país.
Hay motivos adicionales de intranquilidad acerca del futuro
de nuestros niños, formados por esa TV que se ha convertido
en el nuevo púlpito desde nos manipulan a toda hora
y de una publicidad científicamente diseñada
para transformarnos en ovejas. Según datos de la Junta
Nacional de Auxilio Escolar y Becas, sobre el 17% de los niños
que accedan a la Enseñanza Básica exhiben obesidad,
lo que significa que más de 35.000 chilenitos padecen
de esta enfermedad que condicionará seguramente su
estado de salud cuando jóvenes, adultos y viejos, en
el supuesto de que logren llegar a edad avanzada.
Lo peor de este indicador es que marca un acelerado deterioro
de la salud pública, si se considera como base el año
1990. Es decir, la forma de vida que se ha ido imponiendo
entre nosotros, en nombre de la modernización, lleva
a que nuestros hijos jueguen menos, vean más televisión,
consuman más comida chatarra y terminen convertidos
en guatones prematuros, con grave peligro para sus posibilidades
de desarrollo. Una población obesa es caldo de cultivo
perfecto para la aparición de enfermedades crónicas
tan graves como trastornos cardiovasculares, diabetes, hipertensión
y determinados tipos de cánceres.
Lo contradictorio es que luego de décadas de lucha
denodada contra la desnutrición, Chile se encuentre
hoy, casi sin transición de por medio (o transición
democrática mediante), sufriendo los primeros ominosos
efectos de esta pandemia global, con tres de cada cinco adultos
aquejados de sobrepeso y prevalencia de obesidad, y 27% de
mujeres y 19% de varones derechamente obesos.
Para colmo, nuestros niños se encuentran entre los
más fumadores del planeta, según encuestas que
han detectado en las escuelas básicas a miles de menores
en vías de convertirse en adictos a la nicotina. Este
coctelito de cigarrillo más obesidad es claramente
letal.
Por si fuera poco, crece también la adicción
al alcohol, acerca de la cual existen innumerables y cada
vez más patéticos testimonios, que involucran
tanto a varones como mujeres. El 40 por ciento de los escolares
consume alcohol y el 18 por ciento lo hace en exceso, informa
el CONACE, y se emborracha a lo menos una vez al mes, la mayoría
con permiso de sus padres. Agrega que 20 de cada 100 jóvenes
chilenos de 14 a 18 años consumen alcohol cinco o más
veces al mes, lo que los sitúa en la antesala del alcoholismo,
enfermedad que, por si no lo sabe, es incurable.
Acerca del incremento de la drogadicción juvenil e
incluso infantil, es cosa de darse una vuelta por colegios
pirulos o por barrios pobres y abrir bien los ojos y la nariz.
A la luz de estos antecedentes, cuesta entender los balances
triunfalistas que ensayan algunos en las proximidades del
Bicentenario. Si nuestros niños y jóvenes están
cada día más guatones y sedentarios y crecientemente
dominados por el cigarrillo, el alcohol y las drogas, quiere
decir que el modelo o estilo de vida que prevalece en el país
está dañando lo más valioso que poseemos,
que es, supuestamente, nuestro capital humano.
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