Los mejores colegios, ¿para qué?
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| Menudean los rankings sobre los establecimientos más exitosos, pero rara vez se explicitan los criterios que se toman en cuenta para realizar esas clasificaciones. |
Raúl Gutiérrez V., periodista
Mayo 2006
ALGUNAS PUBLICACIONES QUE llegan al segmento de los chilenos acomodados y pudientes, han puesto de moda publicar periódicamente rankings acerca de los mejores colegios del país. Los resultados de estas encuestas tienen, por la vía del rebote, considerable influencia sobre sectores medios y modestos, aun cuando los padres de familia de estos estratos dispongan de recursos muy limitados como para que sus hijos accedan a las instituciones, supuestamente, de excelencia en manera educacional.
Sin embargo, cualquier ciudadano que haya recibido una formación educacional suficiente como para convertirse en un individuo capaz de enjuiciar de manera crítica los mensajes que emiten los medios y el aparato publicitario, o que posea una formación valórica apoyada en una visión humanista o religiosa de la vida, tendrá que detenerse sorprendido ante una enorme titular que anuncie “Ranking 2006: los mejores colegios de Chile”.
¿Qué quiere decir eso de “mejores”? ¿Existe un metro único para cuantificar la bondad de un establecimiento educacional? ¿Acaso ello no está muy vinculado a los valores que cada quien profese? Ciertamente aquí está el meollo del asunto, que sin embargo estas publicaciones, elaboradas a partir de una mentalidad equis y a partir de valores muy específicos, pero que no se explicitan, pretenden imponer como la única visión aceptable o posible.
Si usted quiere que sus hijos, cuando adultos ganen mucha plata y que ése sea el objetivo central que guíe sus vidas, pues bien, tiene usted que tratar de educarlos de una determinada manera y de enviarlos a una lista exclusiva de colegios, donde ellos recibirán un entrenamiento para optimizar sus posibilidades de ingresos cuando adultos. Detrás de esa concepción, por supuesto, está la creencia de que mientras más grandes sean los ingresos de sus hijos, mayor será la felicidad que ellos consigan a lo largo de sus vidas.
Pero si usted tiene una concepción menos materialista de la existencia humana y aspira a que sus hijos sean personas honestas, sencillas, servidoras de los demás, solidarias, sin perjuicio, claro, de lograr un buen pasar, si usted quiere que sus hijos sean consecuentes con lo que sienten y con lo que piensan, entonces será muy distinto el criterio con que seleccione las alternativas educacionales.
De otro lado, si usted es una persona que cree que lo más importante es el amor y la formación que los padres puedan entregar a sus hijos, sobre la base de lo que el papá y la mamá inculquen y sobre todo practiquen, entonces usted descubrirá que el colegio no es el instrumento principal en la crianza y formación intelectual y valórica de sus hijos; lo verá como un colaborador importante, sin duda, pero no como el elemento fundamental.
Si usted quiere que su hijo siga su propia siga su propia vocación y aprenda a ser capaz de conocerse a sí mismo, más allá de resultados en pruebas y evaluaciones, entonces usted no estará obsesionado por determinados indicadores. Si usted cree que es posible un estilo de vida donde el consumo no sea una nueva religión, cuya catedral es el mall, entonces, probablemente, tendrá usted una mirada diferente acerca de cuál es el mejor colegio para sus hijos.
Si usted cree que la competencia, el aplastar al otro a como dé lugar, la ambición y el lucro son los motores de la vida humana, pues revise acuciosamente lo que estos medios de comunicación demuestran y aténgase a los resultados de sus ranking, que pueden serle muy útiles para que sus hijos se transformen en unos maximizadores de ingresos. Pero si usted tiene una visión más humana de la vida, si usted cree que la felicidad reside en compartir y en aprender a disfrutar de las cosas importantes de la vida, aquellas que no se comprar, que lo importante es competir con uno mismo y no con los demás, entonces échele una mirada desdeñosa a estas publicaciones o simplemente envíelas, sin mayor trámite, al papelero.
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