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La subalternidad en la educación

Nosotros-as, docentes de Valparaíso, somos una fuerza intelectual que ha estado en silencio demasiado tiempo, hemos dejado que otros hablen por nosotros,
que decidan por nosotros

Profesor Mario Díaz Villegas
Vicepresidente Comunal, Colegio de Profesores de Valparaíso


LOS PROBLEMAS QUE surgen con referencia al sujeto subalterno están relacionados con la comprensión y representación de los diferentes lugares en los que se ubica. Este problema de localización del sujeto de estudio produce la dialéctica de centro y margen.

En educación, la ubicación del hablante es un tema no menor, aquel que demanda la atención necesaria para provocar los cambios inherentes al proceso educativo se mantiene al margen de las grandes decisiones y menoscabado en su actuar diario. En este país, y por que no decir que también no en esta comuna de importancia nacional, el docente es un subalterno que con su silencio autoriza a otros a hablar por ellos-as; autoriza a otros, a los del centro, a tomar decisiones, muchas veces inoficiosas y que responden más a un maquillaje externo que un cambio profundo de la educación de la comuna de Valparaíso.

No podemos evitar la importancia que tienen el concepto de Subalternidad en educación, pues nos muestra con franca transparencia la dialéctica pura en nuestro actuar cotidiano: la eterna disputa entre centro y margen, margen y centro.

El centro del poder educativo de nuestra comuna está situado en la Corporación Municipal de nuestra ciudad, y desde ahí comienza a desarrollarse una suave organización de poder hacia abajo que irrumpe con los márgenes establecidos, cuyas paredes son construidas por el trabajo diario y poco reconocido de todos los docentes de esta comuna.

Sí, por qué negarlo, nos hemos convertido o siempre hemos sido tan sólo la periferia, aquellos retazos que reciben las instrucciones y pasan gran parte de su semana docente corrigiendo pruebas, llenando papeles tras papeles y siempre en posición protocolar, la que se confunde con una especie de voluntarismo que hace demasiado mal a la educación.

El centro nos apabulla con decisiones muchas veces al borde de la irracionalidad (construimos escuelas que nunca se inauguran o en el proceso de inauguración se pierde parte del alumnado y parte del mobiliario)

Desde el centro se defiende la Educación Pública, pero a los Directores se les instruye para que postulen a recursos externos, pues nuestro Centro de poder está empobrecido por el mismo sistema que lo mantiene en pie.

La representación que se construye del sujeto subalterno, en este caso del docente subalterno, siempre tiene una connotación política, y por otro lado, el propósito de representarlo está relacionado con una posición ideológica clara.

El concepto “representar a un sujeto” puede ser entendido de dos maneras: una política y la otra cultural. En lo que se refiere al aspecto político, se trata de un sujeto que se siente autorizado para "hablar por" otro que piensa pero carece de voz. En el aspecto cultural, representar está directamente ligado a una conciencia capaz de aprehender del sujeto subalterno, y desde ahí, construir un relato que le otorgue visibilidad.

Cuando se asume las dos diferenciaciones antes nombradas se dan por sentado dos enunciados y una analogía entre ambos: un sujeto con voz versus uno sin voz, y un sujeto que habla versus otro que actúa.

En el caso de nuestra comuna de Valparaíso, me inclino por el aspecto político, es decir, nuestro centro de poder se siente autorizado a hablar y decidir por nosotros en diferentes materias. Pero, naturalmente, esta relación de poder no es recíproca, ya que nosotros, docentes subalternos, no tenemos la autoridad política para contrarrestar decisiones o profundizar en un dialogo franco y directo con aquellos quienes ocupan circunstancialmente el centro del poder.

Lo anterior nos lleva a reunirnos o convocarnos en un lenguaje común que nos permita comprender la diversidad que cohabita entre nosotros.

El deseo de ser escuchados y que nuestras opiniones no sean tan sólo parte de un proceso diplomático que simula participación, es una obligación de todo maestro y maestra.

Nosotros-as, docentes de Valparaíso, somos una fuerza intelectual que ha estado en silencio demasiado tiempo, hemos dejado que otros hablen por nosotros, que decidan por nosotros.

Esta relación malsana con el anonimato nos lleva a preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a escucharnos los unos con los otros, bajo términos de diferencia? ¿Estamos dispuestos a romper la dicotomía de margen y periferia mediante la formulación de propuestas claras que converjan en un Proyecto de Comuna, en un Proyecto Educativo que distinga a Valparaíso de otras comunas del país?

Lo anterior es un desafío no pequeño, es un desafío que nos insta a mirarnos en el espejo y encontrar nuestras imperfecciones. Este desafío es el camino para encontrar junto al otro-a la voz que ha sido usado por el Centro de poder y que muchas veces ha confabulado contra nosotros mismos.

El hablar desde nuestro espacio, sin intermediarios, es algo que tiene que ver directamente con nuestra dignidad. Sin dignidad no se puede educar, sin voz no se puede ser ejemplo de nadie, menos de nuestros alumnos y alumnas, quienes muchas veces ven en nosotros sus soportes morales y culturales.

El sistema económico que filtra cada poro de esta cultura porteña y nacional no es tan sólo una corriente económica, territorial y estratégica, sino ésta es también un modo de establecer una forma particular de contar la historia. Negar al docente subalterno dentro de su propia historia es seguir la corriente y continuar reconociendo al proyecto capitalista.

Para que el docente subalterno se convierta en una figura visible es necesaria una nueva práctica crítica, una nueva intervención sobre los vicios enfermizos de una democracia burocratizada, una nueva construcción de la historia. Se rompe así con la idea dicotómica sujeto-objeto. Desde este punto de vista, se provoca una inversión de la dualidad sujeto- objeto a objeto- sujeto.

Para finalizar, la única forma de dejar de ser objeto para convertirnos en sujetos concretos de nuestra historia, es afianzar la importancia de nuestra labor. Nuestra labor no es un apostolado, aquella época quedó atrás y sirvió para domesticar la dignidad del profesor y profesora. Nuestra labor es un trabajo social que nos invita a cambiar conciencias, a proponer nuevas formas de proyectarse en la sociedad, de enriquecer el espíritu no exclusivamente el bolsillo.

La invitación pendiente fue dada por Paulo Freire hace años: nuestra tarea es la del subversivo intelectual que rompe con los márgenes establecidos para ponerse en una condición de reciprocidad de poder con el Centro; y a partir de esta reciprocidad de poder promueve los cambios que tan necesarios son estos tiempos.


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